dijous, 3 de maig de 2018

España/Cataluña: pueblo/nación/estado (siglos XVIII-XXI)

Intervención de Joan Tafalla en el debate público organizado por el colectivo comunista POLEX. Problématique des nations du XVIIIème siècle a nos jours.
Sábado 17 de marzo de 2018, de 14.30h a 18h.
Espace Maymana, 8 rue Raspail, Saint Ouen, Métro Garibaldi, ligne 13.



España/Cataluña: pueblo/nación/estado  (siglos XVIII-XXI)

Buenos días, agradezco al colectivo POLEX por haberme invitado a aportar una modesta contribución a este debate. Siempre me siento en casa en este París de la Convención de 1793-94, de las jornadas de febrero y de junio de 1848, de la Comuna de 1871 o de la primavera antifascista del 36. Siempre me siento en casa en el París que soldados republicanos españoles, codo a codo con los FFI de la resistencia contribuyeron a liberar, en aquellos días de agosto de 1944.
Ante todo pediré disculpas por el crimen que estoy a punto de cometer contra la lengua francesa. Hace bastantes años que no hablo en francés más que una o dos veces al año y por lo tanto ni mi sintaxis, ni mi vocabulario, ni mi pronunciación serán correctas. Pese a todo espero poderme comunicar mínimamente con vosotros.

1.     Preámbulo italiano

Pese al riesgo de equivocarme al no estar especializado en la historia de Italia, empezaré con un ejemplo de lo que pienso que puede servir para ilustrar lo que explicaré cuando hable del caso catalán.
Cuando Vittorio Emmanuele entró en Nápoles, podía decir que Italia estaba hecha. Así lo afirmó el conde de Cavour: “Italia está hecha, todo está salvado”. Con más cautela, el marqués Taparelli Massimo D'Azeglio replicó: “Italia está hecha, ahora hay que hacer a los italianos”.[1] El examen del mapa electoral de Italia de las elecciones del pasado 4 de marzo hace pensar que el marqués d'Azeglio estaba más en lo cierto que el conde de Cavour.[2
Este ejemplo, próximo en el tiempo y en el espacio, nos da una muestra del realismo con que los distintos marxistas que debatieron sobre la cuestión nacional a principios del siglo XX remarcaron el carácter histórico de la formación del estado y de su relación con otro fenómeno históricamente datado como es la nación. O sea, la relación entre los fenómenos que llamamos nación, pueblo y estado y, por lo tanto, el propio estado-nación es algo históricamente datado, está sometido al carácter cambiante de la cultura y  de las relaciones sociales de producción y cambio. En el caso italiano, uno de los estados occidentales que habría conseguido de manera canónica una identificación con la nación se presenta hoy como algo no terminado, como un proceso en constante recomposición.

1.- Pueblo, nación, estado en nuestros clásicos.

No os preocupéis, seré breve en la exposición de este apartado.[3] Hoy solo quiero recordar lo que dijo Marx, el 28 de marzo de 1870, llamando a la unidad en la lucha entre los proletariados inglés e irlandés, recogiendo la antorcha democrática encendida por Robespierre en abril de 1793: “Quien oprime una nación se declara enemigo de todas”.[4] Marx precisó y actualizó la consigna: “El pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas”.[5] Creo que estamos ante una afirmación no circunstancial. En ella, Marx establece una relación indisoluble entre liberación nacional y social. Una posición similar es por Marx aplicada en el caso de Polonia.[6]
Conviene recordar brevemente que la idea que Marx y Engels o Lenin se hacían del socialismo distaba mucho de considerar progresista la centralización feudal y mercantilista de los Estados del absolutismo durante el Antiguo Régimen (como la de Luis XIV en Francia o la de su nieto Felipe V en España), ni tampoco el centralismo reinstaurado por Napoleón, acentuado por la restauración borbónica de 1814 o por la tercera república francesa. Aun menos consideraban el centralismo como una de las características que el socialismo debiera heredar del capitalismo.[7]
Con una ingenua superficialidad, y con una inconsistencia aun mayor, se suele citar la frase del Manifiesto del Partido Comunista (1848) que dice: “Los obreros no tienen patria”, como si esta frase resumiera el pensamiento de Marx respecto al hecho nacional. No obstante, esta frase no tiene un carácter normativo ni mucho menos es una desiderata sobre un “deber ser” de la clase obrera predicado o inventado por “un redentor de la humanidad”. La afirmación de que “los obreros no tienen patria” no hace más que describir una situación de hecho: la expropiación, la alienación sufrida por el proletariado que era (en 1848) excluido de la ciudadanía, que es un ilota, un meteco o un esclavo de la polis liberal-burguesa.
Para comprobarlo solo hay que leer el párrafo completo del Manifiesto: “También se ha recriminado a los comunistas que quieren abolir la patria, la nacionalidad. / Los obreros no tienen patria. No se puede quitar lo que no se tiene. El proletario, partiendo del hecho que en primer lugar tiene que conquistar el poder político, erigirse después en clase nacional[8] y constituir esta misma clase en nación, aún es nacional, aunque no en el sentido burgués.[9] El resumen está claro y no lo voy a hacer yo. Lo hizo hace bastantes años Pierre Vilar: “Analicemos: 1) La nación existe. 2) Es un hecho político. 3) Toda clase dominante se erige en clase nacional. 4) toda clase nacional se identifica con la nación. 5) La burguesía lo ha hecho, el proletariado puede pretender hacerlo. 6) El hecho nacional puede cambiar de sentido según la clase que lo asuma”.[10]
Es decir, cuando habla de la cuestión nacional, el Manifiesto abre la problemática de la hegemonía, que es tema leniniano y gramsciano por excelencia. Sin embargo no lo inventaron ni Lenin ni Gramsci, como se ha demostrado. Por otro lado, el propio Manifiesto remacha el clavo planteando la cuestión del contenido y de la forma de la lucha del proletariado: “Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional.”[11]
Toda la fraseología cosmopolitista post-nacional esgrimida por una confusa amalgama de neo-luxemburguistas, neo-libertarios-liberales, partidarios de la Unión Europea y por algunos nacionalistas de estado disfrazados de obrerismo corporativo o de internacionalismo abstracto está totalmente desvinculada del pensamiento vivo de Marx.

2.- El caso de los catalanes: una manifestación del fracaso de una construcción nacional-estatal.

Al venir hoy a hablar aquí, en París, sobre la cuestión de la relación entre Catalunya y España he recordado la visita que hice al insigne historiador Pierre Vilar, en su apartamento del Quai de la Rapée el año 1987. Como sabéis, Pierre Vilar es el autor de La Catalogne dans l'Espagne moderne : recherches sur les fondements économiques des structures nationales.[12]
Yo venía en busca de asesoramiento en la elaboración de la política de lo que entonces era mi partido: el Partit dels Comunistes de Catalunya. La reunión fue rica en indicaciones e incitaciones a diversas lecturas que después fueron trasladadas a distintos lugares de los documentos estratégicos del partido. Algunas de ellas contribuyeron a la elaboración de la línea de Front d'Esquerres que presidió nuestra política de aquellos años. Esta política era fruto de un trabajo colectivo comunista de larga duración. Pero está bien reconocer algunos de los orígenes de aquella política.[13] Hoy, volver a aquellas lecturas de Pierre Vilar, y rehacerlas a la luz de la experiencia de estos últimos años me ha ayudado a recordar algunos elementos de la política comunista de aquellos años y a escribir algunas de las partes  de mi interpretación de hoy.
Habiendo muerto en 2003, no podemos saber qué diría Pierre Vilar ante la deriva actual de la situación catalana. No obstante, en su obra,[14] junto a la magistral síntesis de la historia de Catalunya hecha recientemente por Josep Fontana,[15] seguimos encontrando algunos elementos que nos permiten comprender históricamente la relación entre el pueblo catalán y el estado que se auto-denomina Reino de España. Otras contribuciones de historiadores podrán ser encontradas en las páginas que siguen.[16] Naturalmente los numerosos déficits i los errores de esta breve y precipitada síntesis son exclusivamente míos.
Las indicaciones de Pierre Vilar nos son útiles para entender la pervivencia de un grupo humano que, ubicado en un determinado espacio geográfico, que se autodenomina catalán y se identifica como tal a lo largo del tiempo. Vilar nos habla de la incidencia de la geografía, del clima, de la economía, de la historia y de la mentalidad en la pervivencia de este grupo humano. Pone el acento en que el hecho catalán es un hecho “... de orden lingüístico y cultural. Se inscribe en un largo período de tiempo. Sobrevive a acontecimientos políticos que a veces unen y a veces separan las dependencias y las independencias de los distintos territorios que alcanza este hecho”.[17] Es la visión del historiador de la larga duración, del historiador de las mentalidades de los grupos humanos y, a la par, del historiador de la evolución y la incidencia de la economía y de determinados condicionantes geográficos en la evolución de los grupos sociales.

Cuándo se constituyó el estado-nación español

En primer lugar negaré la premisa mayor de la historiografía nacionalista de estado española que da como fecha de nacimiento del estado-nación español el año de la unión dinástica entre la corona de Aragón y el reino de Castilla (1474) y su sucesión por la dinastía de los Habsburgo (1516). Abro paréntesis sobre un hecho no menor: Los Habsburgo adquirieron también la posesión de la corona de Portugal el año 1580, hasta que los portugueses se liberaron de ellos en el año 1640, coincidiendo con la rebelión catalana.
Parece innecesario recordar aquí, entre comunistas, que una unión dinástica solo es la fecha de la creación de una soberanía feudal sobre diversos territorios poblados por súbditos y no la fecha de la creación de una nación de ciudadanos, es decir, de una república en el sentidos moderno de la palabra. Uno de los orígenes de los equívocos que dan una cierta credibilidad a la ideología nacionalista de estado española es el mapa resultante de esta unión dinástica entre las coronas de Castilla y de Aragón. Si al mapa se le suma la conquista de los Reinos de Granada (1492) y de Navarra (en una larga guerra entre reyes por la posesión de este territorio) configuran un mapa donde alguien puede ver las “fronteras naturales”[18] del Reino de España actual. Siempre a condición de que miremos el mapa resultante de aquella unión dinástica de manera francamente anacrónica y presentista. Una unión dinástica que abrió el paso a la construcción progresiva de una monarquía absolutista que tardó más de dos siglos en imponerse sobre los pueblos que habitaban la Península, menos Portugal que se independizó en 1640. Para implantar la monarquía absoluta hizo falta, en primer lugar aplicar “a rajatabla” el principio cuius regio, eius religio, incluso antes que este principio fuera formulado jurídicamente por el jurista Joachim Stephani y antes de las guerras de religión en Francia y en el Imperio Romano-Germánico con motivo de la Reforma. El mecanismo utilizado para esta unificación forzosa religiosa fueron las expulsiones de los judíos (1492) y de los moriscos (1609-1614) y la acción continuada de la Inquisición por lo menos hasta 1827.
El proceso de implantación progresiva de la monarquía absoluta duró dos siglos (1516-1714). Para hacerla posible, además de la unificación religiosa, hizo falta liquidar las libertades y las constituciones de los distintos reinos sometidos: Castilla (1521), Aragón (1591 y 1714), de Valencia y Mallorca (1712) y de Catalunya (1640 i 1714). Hasta el Decreto de Nueva planta (1716) los reyes debían jurar las leyes de cada uno de los reinos; existían fronteras, leyes diferentes e instituciones propias de gobierno y de legislación, así como monedas propias. La historia de la implantación de la monarquía absoluta en España es la historia de la liquidación primero de viejas libertades castellanas y después de las leyes y libertades de los otros reinos existentes en la Península Ibérica. Con el decreto de Nueva Planta no nos encontramos ante la creación de ninguna nación en el sentido moderno del término y, aun menos, de ningún estado-nación. Más bien nos encontramos ante la liquidación de las libertades y de las instituciones existentes y del secuestro de la soberanía nacional por parte de los reyes absolutos, al tiempo que con el inicio de la ruptura de las barreras que impedían la creación de un mercado único que abarcara los territorios bajo dominio del monarca absoluto.
Por lo que se refiere a Catalunya, en este período fue relevante la llamada revuelta catalana, un largo proceso de resistencias y sublevaciones que suscitó el intento reducción de las libertades catalanas por parte de la casa reinante en España. El historiador británico J.H. Elliot extiende esta larga revuelta entre los años 1589 y 1640.[19] La revuelta consistió en una serie de levantamientos campesinos y menestrales contra el intento de la monarquía de Felipe IIIo (1578-1621) y de su sucesor Felipe IVo (rey entre 1621 y 1665) de liquidar las leyes y las instituciones catalanas. Un levantamiento popular que llevó, el año 1640 a proclamar una “república catalana” de muy corta duración y que llevó a las clases dominantes catalanas, ante la incapacidad de defenderla ante las tropas del rey, a pactar su sumisión al rey francés Luis XIV. Este consideró Catalunya simplemente un territorio más a someter a su soberanía personal y absoluta y, más adelante, ante la evolución de la situación devolvió el Principado a manos del rey español en el tratado de los Pirineos (1659), a cambio de retener una parte del territorio catalán (Cerdanya, Capcir y Rosselló). Este simple ejemplo nos muestra que a mitad del Siglo XVII no existía ni nación española, ni nación francesa, sino monarcas absolutos, que secuestraban la soberanía de los pueblos a los que sometían y que se disputaban entre ellos la posesión y el expolio de territorios y pueblos mediante la diplomacia y/o las guerras, enmascaradas a menudo con motivos religiosos. Guerra y diplomacia que abarcaba el conjunto del territorio europeo.

Las paradojas de 1714.

Tras la muerte sin sucesión del rey Carlos II, la decisión de las instituciones representativas de la antigua corona de Aragón (Mallorca, Valencia, Aragón y Catalunya) de apoyar al candidato  Habsburgo a la corona de España fue compartida inicialmente tanto por las clases dominantes como por los sectores populares catalanes. Pero las clases dominantes catalanas se alinearon progresivamente con los Borbones, aunque no todos lo hicieran desde el primer momento. Aún más después de la derrota de 1714.
El 11 de septiembre de 1714, la resistencia a ultranza de la ciudad de Barcelona fue una obra básicamente popular. Se basaba en la ilusión de que el candidato Carlos de Habsburgo respetaría las instituciones y las constituciones catalanas que el candidato impuesto por Luis XIV. También en el rencor anti-francés ante lo que se consideró una traición de Mazarino y de Luis XIV a las aspiraciones catalanas en el periodo de la revuelta catalana de 1640-1659. Los catalanes de este periodo, apoyando al candidato de los Habsburgo pretendían influir en la gobernación de la corona de España, a la vez que pretendían conservar sus libertades, instituciones, leyes y lengua. No intentaban constituir una república catalana independiente, como nos narra la historiografía nacionalista catalana de los últimos años, sino la derrota de un proyecto de gobernación del conjunto de España diferente al del absolutismo centralista borbónico.
El decreto de Nova Planta (1716) significó el aniquilamiento legal y político de las instituciones, aniquilamiento de la lengua como lengua de cultura o de la administración, y la represión de su uso por parte de las clases populares. Significó también la represión sobre todos los movimientos populares en el ámbito no solo de Catalunya, sino de Aragón, de Valencia y de Baleares.[20] Esta fue la tónica de la imposición de la legalidad castellana por parte del régimen borbónico. Pero no solo en Catalunya sino en el conjunto de reinos hispánicos que vieron así destruidas sus libertades y constituciones. De hecho no es extraño que algunos catalanes pensaran que luchando por las libertades catalanas luchaban por las libertades de los otros pueblos de España. Un mensaje ignorado o despreciado en Castilla y en el resto de territorios hispánicos. Un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas. En realidad, lo que sucedió fue la imposición en toda España del modelo de centralización de la soberanía y del estado en una sola persona, siguiendo la estela de Luis XIV de Francia. El medio usado para conseguir este objetivo no fue otro que la imposición de la ley castellana sobre los reinos de la corona de Aragón.
Paradójicamente, y contra las afirmaciones de una parte de la historiografía nacionalista catalana, el siglo XVIII fue un siglo de crecimiento económico catalán, fue el siglo de la concesión de permisos a los comerciantes catalanes para comerciar con las Indias, fue el siglo de la primera industrialización del textil. Las clases dirigentes catalanas se incorporaron, en la medida en que se les permitió, al estado despótico borbónico. Tal como dijo Pierre Vilar: “nunca la burguesía catalana se ha sentido más española que en este fin del siglo XVIII. Un signo de ello que es que abandona el catalán por el castellano como lengua de cultura”.[21] No estamos ante una actitud coyuntural de las clases dominantes catalanas. Estamos ante una pauta de comportamiento, ante la mentalidad de un grupo social, ante una cultura de clase que se ha mantenido a lo largo de siglos. Hasta hoy mismo. Aunque algunos se nieguen a verlo.
Así pues, no es raro que las clases dominantes catalanas ignorasen la propuesta de Robespierre y Couthon para crear una república catalana hecha durante la Guerra de la Convención[22] entre España y Francia, en 1794.[23] O que despreciasen los intentos de seducción del general Augereau durante la Guerra Independencia (1808-1814),[24] que tampoco cayeron en terreno abonado. Es verdad que estos intentos no pasaron de insinuaciones, fueron de corta duración y poco creíbles, dado que el centralismo napoleónico y las devastaciones cometidas por el ejército francés durante la ocupación. Pero lo cierto es que, lejos de la situación de Italia, en la que la intervención napoleónica contó con el apoyo de los patriotas y de los jacobinos italianos,[25] en Catalunya existía un rencor popular hacia la monarquía francesa y hacia los franceses en general que databa, como se ha dicho, de la etapa 1640-1659. Este rencor fue heredado por la primera república francesa y después por Napoleón. Por otro lado, el mercado de las indianas y de los vinos y aguardientes catalanes era España y, no lo olvidemos, las colonias españolas en América Latina. Ya sabemos que la burguesía suele confundir la nación con el mercado.
Así pues, los burgueses catalanes querían ser españoles y enviaron representantes a las Cortes de Cádiz que ayudaron a redactar la primera constitución liberal española (1812). Vuelvo a repetir que esta actitud españolista de la burguesía catalana es una norma, es una pauta de comportamiento. La burguesía catalana no ha sido nunca independentista. Pierre Vilar nos lo recuerda: “La Guerra de la Independencia marca el momento de la historia en que la 'unidad española', la 'unidad nacional' se afirma mejor. (...) Cádiz será (...), el 1810 el crisol donde intenta elaborarse una nación española a la vez unitaria y renovada”.[26]
Los nacionalistas españoles conservadores y reaccionarios (o sea los no liberales) hacen remontar la nación española a Don Pelayo o a los visigodos. Es un estupidez evidentemente falsa y hasta ridícula. Pero los nacionalistas españoles liberales y hasta algunos demócratas remontan el nacimiento de la España moderna como nación política, en las Corte de Cádiz de 1810-1812. Desde mi punto de vista, esta afirmación es más una desiderata que una realidad. Explico por qué.
Los siglos XVIII y XIX fueron presididos por un desarrollo desigual entre los distintos territorios incluidos en el reino de España. Este desarrollo desigual que se acentuaba progresivamente con el desarrollo del capitalismo, puso dificultades materiales casi insuperables a la consolidación de la nación política española que debería haber nacido en las Cortes de Cádiz. Quizás el artículo primero de la Constitución de 1812 podía proclamar que: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”, y en su artículo tercero que: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Son dos declaraciones muy tímidas si se comparan con las de la constitución francesa de 1793, por ejemplo. Pero muy avanzadas dado el momento en que fueron proclamadas. Pero entre comunistas quizás no hay que recordar que una cosa es proclamar la existencia de una nación y otra muy distinta es que los hombres y mujeres llamados a constituir esta nación se consideren “nacionales”, es decir, ciudadanos de aquella nación cuya existencia se proclama.
La Pepa[27] había proclamado el nacimiento de la nación española. Parafraseando avant la lettre a Cavour, España estaba hecha, pero como dijo d'Azeglio para el caso de los italianos, faltaba “hacer a los españoles”. La Constitución de Cádiz de 1812 fue una declaración de liberalismo muy avanzada para el momento y el país donde fue redactada y aprobada. Se produjo en un contexto en que el liberalismo era minoritario en el seno de un movimiento popular anti-napoleónico, que lejos de reivindicar la soberanía de la nación, deseaba el retorno del rey absoluto. Después de la derrota de Napoleón, la llegada del Borbón en 1814 se saldó con la derrota de la revolución liberal y con la re-instauración del absolutismo. Fernando VII fue recibido al grito repetido de: “¡Vivan las cadenas!”. Así que la Pepa tuvo una vida muy breve. Cuando los liberales la quisieron reimplantar durante el Trienio Liberal de 1820-1823, también se saldó de nuevo con la reinstauración del absolutismo. Es decir, con una forma de soberanía casi feudal, de sumisión de los súbditos a un rey absoluto, “soberano por la gracia de Dios”. Esta vez el rey absolutista, defensor de una concepción feudal de la soberanía contó con la ayuda el rey francés de la Restauración y de una tropa mandada por él llamada: “Los cien mil hijos de San Luis”. Al viejo grito de exaltación del dominio absoluto y de la sumisión, “¡vivan las cadenas!”, los absolutistas hicieron un añadido muy significativo:  “y muera la nación”.
En estas circunstancias, poca constitución material de la nación española podía aportar la Constitución de Cádiz más allá de sus brillantes declaraciones de principio. La creación de una nación de ciudadanos españoles no sería una tarea fácil sobre todo teniendo en cuenta el subsiguiente fracaso de la revolución liberal re-iniciada en la década de los años 1830.  Una revolución liberal desde arriba, que usaba la sucesión del tirano Fernando VII tras su muerte. El fracaso político de la revolución liberal se añadió el fracasó de la revolución industrial en el conjunto de España.[28] Todo ello estimuló aún más el desarrollo desigual entre una Catalunya “fábrica de España”[29] y la cultura política semi-feudal de los nuevos latifundistas surgidos de la desamortización de los bienes de la iglesia. Hay que recordar que la desamortización de las tierras del clero no creó una numerosa clase de campesinos libres, como en parte sucedió en Francia,[30] sino que mayoritariamente revirtió en el refuerzo del viejo latifundismo feudal y en la creación de una nueva capa de latifundistas semi-capitalistas. El desarrollo desigual tiene las raíces largas en el reino de España.
Los sectores obreros y populares de Barcelona, la base de masas más radical de la revolución liberal española, fue maltratada de manera reiterada por los capitanes de la fracasada revolución liberal española. Espartero consideraba que había que “bombardear Barcelona” cada 50 años. Mientras las clases populares catalanas eran reprimidas por los dirigentes de la revolución burguesa, los industriales catalanes no solamente se españolizaban si no que, además, reclamaban la ayuda del estado liberal (que no democrático) frente a la aparición de un nuevo sujeto social: el proletariado industrial, que inició su organización de clase durante los años 30 y 40 del siglo XIX. La primera huelga general se produjo en Barcelona el año 1835 en el marco de una de las insurrecciones populares llamadas bullangas. La represión de las bullangas y, en general, del siempre insurrecto pueblo de Barcelona en base a bombardeos desde el castillo de Montjuic o de la fortaleza de la Ciudadela[31] contribuyó decisivamente a fijar una determinada mentalidad popular confrontada con este estado liberal. Este proletariado urbano catalán y el resto de clases populares heredaron la fama de insurrectos y de ingobernables de los catalanes de 1640 y de 1714, y se tienen testimonios que, en sus insurrecciones conservaban la memoria de su pasado de lucha y de sus viejas libertades.[32]
Por su parte, la burguesía trataba de crear una imagen bien distinta: la del amor al orden y la de la “laboriosidad” de los catalanes que, “de las piedras hacen panes”. Y se refugiaba en los brazos del ejército y del estado español cada vez que había que reprimir a los insurrectos e ingobernables obreros y pueblo de Barcelona en general. Esas clases populares seguían hablando en catalán mientras que las clases dominantes se españolizaban política y lingüísticamente. Vivían, como ha dicho Joan-Lluís Marfany en el mundo de la diglosia: hablaban y escribían en castellano en sus relaciones públicas y reservaban la lengua catalana para su vida cotidiana.[33] Por otra parte, las estructuras centralistas del nuevo estado liberal español, con la adopción en 1833 de la división provincial, tampoco fue un factor de igualdad en el desarrollo como había sido la intención inicial de la creación de los departamentos en Francia en 1789. El modelo adoptado era radicalmente centralista, copiado del modelo napoleónico y de la gestión del territorio a través de los prefectos. La división provincial no consiguió impedir la acentuación del desarrollo desigual propio capitalismo y aún más en el caso español.
Pese a los esfuerzos de la burguesía catalana para españolizarse y para participar en la gobernación de España, existía una contradicción objetiva entre los liberales librecambistas castellanos o valencianos y los industriales catalanes liberales pero proteccionistas. Por otra parte el liberalismo español era subsidiario del colonialismo inglés sobre minas y sobre sectores agrarios del sur. Era natural que el capital industrial catalán (proteccionista) chocara repetidas veces con las políticas económicas que se hacían des el gobierno español. Pero la burguesía catalana no dejó nunca de ser española y de considerarse como tal. Solo intentaba influir y, en la medida de los posible participar en la gobernación de España. De nuevo nos encontramos con una pauta de comportamiento que la burguesía catalana no ha abandonado nunca. Tampoco lo ha hecho ahora.
Si a las insuficiencias de la revolución liberal en España le añadimos la derrota de la revolución de 1868 y de la primera república, podemos catalogar el conjunto del proceso 1812-1874 como la primera revolución pasiva española. Más adelante hablaré de otras dos revoluciones pasivas en la historia de España.
La práctica de la lengua catalana y el sentimiento de formar parte de un grupo social interclasista que se autodenominaba catalán era durante el siglo XIX algo propio de las clases populares; obreros y menestrales urbanos y rurales, payeses sometidos a los contratos enfiteúticos (los llamados rabassaires) pequeños industriales y comerciantes. No podemos ver este sentimiento de pertenencia como una muestra de nacionalismo en el sentido moderno de la palabra, si no como formas de cultura de las clases subalternas. Formas de cultura en la que conviven y se amalgaman de un lado la memoria de unas viejas y mitificadas “libertades” de los catalanes, con las nuevas culturas políticas provenientes de la revolución francesa y de las que la siguieron en 1830 y en 1848: el comunismo cabetiano, el federalismo de Proudhon, el republicanismo y el obrerismo predominaban entre obreros y menestrales de las ciudades industriales catalanas. Una amalgama que se puede considerar de muchas maneras pero que no era de ningún modo burguesa, como los practicantes de un marxismo anquilosado en la vieja dogmática kautskyana pretenden. El movimiento de los coros de Clavé son una de las manifestaciones de esta realidad, pero no la única.
Por su parte, la burguesía industrial y los latifundistas catalanes se consideraban españoles y no hablaban en catalán si no era “en la intimidad”. La bandera de la lengua y de la cultura catalanas solo fue recogida por la burguesía catalana cuando constató que no la dejaban participar en el gobierno de la España de la denominada Restauración posterior a 1874.[34]
La burguesía industrial catalana que había aspirado no tanto a ser clase hegemónica (dirigente) si no a participar en la gobernación de España constató que las demás fracciones de la burguesía española no la dejaron participar en el reparto del pastel. Comprobó amargamente que en el reino de España solo se practicaban políticas librecambistas que perjudicaban gravemente la industria catalana. Además, constató la impotencia y la ineficacia de un estado, el Reino de España, que perdía sus últimas colonias en el momento en que los otros estados imperialistas se repartían el mundo. España era un fracaso como estado imperialista. Y no por falta de ganas de ser imperialista, claro. En esos años, España perdió lo que quedaba de su antiguo imperio: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. En el reparto de Marruecos con Francia, a España le tocó la parte más pobre. Lo que aumentó el descontento de la burguesía industrial catalana respecto del estado liberal-conservador, profundamente corrupto y caciquil llamado Reino de España.
Los últimos años del siglo XIX son el momento del nacimiento del regionalismo político burgués catalán. Son el momento en que el hecho catalán se convierte en el fenómeno político catalán, en palabras de Pierre Vilar. La burguesía industrial catalana empieza a apoyar e incluso a estimular el movimiento más o menos popular entorno a la lengua y la cultura catalanas. Con esta actitud trata de disputar la hegemonía política entre las clases subalternas a los sectores obreristas, sindicalistas, anarquistas y republicanos federales o no federales. También trata de conseguir una base de masas para pesar en la disputa y en la negociación con las demás fracciones de la burguesía española. Nace pues, el catalanismo político burgués. Un movimiento culturalmente heteróclito, que culturalmente oscila entre el conservacionismo más radical y el republicanismo, el federalismo y el obrerismo. Un movimiento que se debate entre ser un nacionalismo o un regionalismo. Nace sobre una base popular real. La burguesía industrial deviene, durante esos años, la clase nacional en Catalunya. Sus figuras abanderadas serán Prat de la Riba, Torres i Bages, Puig i Cadafalch y Francesc Cambó. Con toda su diversidad que aquí no se puede resumir.
A principios del siglo XX, la iniciativa política del regionalismo burgués consiguió formar el movimiento de la Solidaritat catalana, sabiendo sumar una serie de descontentos populares de distinto tipo, desde el republicanismo, hasta el carlismo y la Lliga regionalista que era preponderante. A través de este movimiento, consiguió romper en Catalunya con el régimen electoral caciquista y clientelar de la Restauración y abrir una brecha institucional en el régimen que le permitía alcanzar una representación política propia en las instituciones. Al mismo tiempo consiguió una cierta dosis de auto-gobierno bajo la forma de la Mancomunitat de Catalunya.
En ningún momento ni los dirigentes burgueses ni el conjunto del movimiento catalanista de estos años se plantean el abandono de España, la constitución de un estado-nación catalán propio, separado del reino de España. Pretenden solamente influir en la gobernación general, proteger la industria, gobernarse a sí mismos con una mayor solvencia y eficacia que la mostrada por el corrupto estado de la Restauración. Esta sigue siendo una constante, la pauta del comportamiento de la burguesía catalana. Como sigue siéndolo hoy.
Niceto Alcalá Zamora: afirmó que Cambó pretendía ser el Bolívar de Catalunya y el Bismarck de España. Misión imposible. No se pueden ser las dos cosas a la vez. En mi opinión, Prat nunca pretendió imitar a Bolívar dado que nunca luchó por la independencia de Catalunya. Sus declamaciones en favor de la nacionalidad catalana estaban destinadas a acumular fuerzas, no para ser el Bismarck de España sino para permitir que Catalunya desarrollara un rol similar al del Piamonte en Italia, en la construcción de un estado-nación español más moderno, es decir, más de acuerdo con las necesidades del capitalismo industrial.
En vano. Los sectores terratenientes semi-feudales del campo español y los sectores de la gran oligarquía financiera no estaban dispuestos a ceder frente a las demandas de la burguesía industrial catalana ni en la cuestión del reparto del poder ni en una política económica que favoreciese la industria nacional. Aquí reside la contradicción que originó el proceso de constitución de Catalunya en nación. La burguesía industrial catalana apeló a las masas para obtener la fuerza necesaria en este combate para sus intereses particulares de clase. Y lo tuvo que hacer transformándose en clase nacional, ejerciendo la dirección del movimiento catalanista. Pero el regionalismo/nacionalismo catalán de aquella época y el actual tienen un problema: cuando se llama a las masas a participar es fácil perder el control. Es fácil ser desbordado.
Por otra parte, lucha de clases rompería la Solidaridad catalana. Barcelona era, además de la capital del regionalismo político catalanista, la Rosa de Fuego del movimiento obrero y popular. Sucedieron primero la huelga general de 1902, después la huelga general contra la guerra de Marruecos el año 1909, conocida por las clases dominantes como la Semana Trágica. La burguesía catalana no dudó en pedir nuevamente ayuda al propio estado borbónico, caciquil y corrupto. La represión anti-obrera fue brutal. El mismo escenario se repitió años después con el crecimiento del sindicalismo de la CNT, durante la huelga de la Canadiense y durante el llamado Trienio Negro (1920-1923). La burguesía catalana se lanzaba en brazos del estado, se hacía más española que nunca y estuvo en el origen del golpe de Estado de Primo de Rivera (1923) y en el mantenimiento de su dictadura hasta 1930. La burguesía había dejado de dirigir el movimiento catalanista. Sus intereses de clase la llevaban, de nuevo, a ser una clase española, muy española.
En estas condiciones, no es de extrañar que el 14 de abril de 1931, la proclamación de la segunda república se hiciera en Barcelona al son de la Marsellesa y bajo el grito de “Muera Cambó, Viva Macià”. Macià era un nacionalista radical, republicano y democrático procedente de la pequeña burguesía. En Catalunya el partido que triunfó en las elecciones municipales y posteriormente generales fue ERC, un partido popular y obrero, producto de la suma y la confluencia de un extendido y capilar movimiento republicanista de las clases populares catalanas, de los rabasaires y de los trabajadores industriales, de un mundo asoci infinitud de ateneos, cooperativas de consumo y de producción. La victoria de ERC en las elecciones municipales del 14 de abril no era producto de una campaña electoral improvisada, era el producto de una larga acumulación de fuerzas por parte de los sectores obreros y populares, democráticos y republicanos. Convivían en ella diversas culturas políticas: des del republicanismo federalista de Companys, al minoritario independentismo del reducido grupo Estat Català, desde la cultura cooperativa de los rabasaires, al asociacionismo republicano, federal y obrerista. La pequeña burguesía había sustituido a la burguesía en la dirección del movimiento nacional. El carácter más popular, democrático y republicano era evidente.
Durante el período republicano, las clases subalternas estaban repartidas entre el obrerismo anarquista de un lado y el catalanismo popular del otro. A menudo la misma persona tenía el corazón partido: como obrera estaba afiliada a la CNT, pero junto a la identidad obrera convivía una identidad catalana, republicana, popular y, consecuentemente, en las elecciones no siempre hacía caso de las consignas abstencionistas del sindicato y votaba a Esquerra Republicana de Catalunya. Lo que dirigió la resistencia al fascismo durante los 30 meses de guerra y revolución (1936-1939) fue una alianza inestable entre el obrerismo de la CNT y el republicanismo popular y democrático, agrupado en el Frente Popular que, en Catalunya adoptó una forma propia, acorde con la realidad política catalana, diferente de la del resto de España, denominada  Front d' Esquerres. No sin contradicciones, algunas de ellas muy graves. En este contexto, la acertada política del PSUC (creado en el año 1936),[35] trataba de traspasar la dirección del catalanismo popular a la clase obrera y de ganar la guerra a la vez que se hacía una profunda revolución democrática.
La ausencia de jacobinismo bajo la moderada segunda república española hizo que las principales transformaciones democráticas pendientes no se produjeran: tanto las reformas sociales como la reforma agraria, o la autodeterminación de los pueblos de España y de sus colonias en África quedaron pendientes. De nuevo, en los primeros años e la segunda república podemos hablar de una segunda revolución pasiva española. Dos terribles consecuencias de esta segunda revolución pasiva fueron: a) la guerra civil de 1936-1939, que se libró entre dos ejércitos integrados por campesinos y b) las tropas fascistas tuvieron como base operativa unas colonias en el norte de África a las que una república más democrática y popular debería de haber otorgado el derecho de autodeterminación. Una vez más se hacía realidad aquel dicho de Marx: “El pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas”.
Como se ha dicho, el catalanismo de aquellos años de la segunda república fue un catalanismo republicano y popular. La Lliga Regionalista, el partido de la burguesía industrial catalana, se dedicó a boicotear la república con todas sus fuerzas, a aliarse con la derecha semi-fascista de Lerroux y de la CEDA.[36] Cuando llegó el golpe fascista de 1936, ante el empuje obrero y popular que derrotó el fascismo, la burguesía catalana huyó al extranjero o a Burgos y pasó a apoyar o financiar al fascismo.
Como se sabe, la guerra fue perdida por los republicanos y por los demócratas catalanes y por el resto de republicanos y demócratas españoles. El fascismo hizo como el inquisidor Arnaud Amalric, en la cruzada contra los albigeses en el cerco de Beziers (1209): “Neca eos omnes. Deus suos agnoscet”. O sea: el fascismo no distinguió entre unos y otros en su represión.

La imposición terrorista de los dogmas del nacionalismo español de estado bajo la dictadura franquista (1939-1975)

La larga dictadura franquista sostuvo y fue sostenida por una ideología política reaccionaria: un nacionalismo de estado homogeneizador en lo religioso y en lo nacional. Un nacionalismo de estado negador de la plurinacionalidad de los pueblos de España. Las relaciones entre el nacional-catolicismo y las teorías fascistas de la época, complejas y llenas de matices, han suscitado un debate historiográfico muy interesante pero intrascendente en lo que afecta al tema que se trata aquí: el nacionalismo españolista excluyente de estado era un rasgo común tanto al falangismo (es decir, al fascismo más ortodoxo), como a los miembros de la ultra-católica ANPC, o al carlismo. Los ideólogos del franquismo encontraban las raíces de su idea de España en la construcción del estado absolutista de la época que llaman “Imperio”. Recordemos el lema: “Por el Imperio hacia Dios”.
Este intento de construcción de un estado homogéneo nacionalmente usando los métodos terroristas propios del fascismo significó un nuevo intento de aniquilamiento del hecho catalán: lengua y cultura prohibidos, expulsados de la escuela y de los medios de comunicación, perseguidos en su uso en la calle.[37] Pero el franquismo fracasó. No consiguió aniquilar el sentimiento nacional catalán, tampoco pudo acabar con la lengua catalana. El pueblo catalán siguió hablando en catalán y sintiéndose parte de una comunidad nacional oprimida dentro de un estado fascista.
El año 1939 la burguesía industrial catalana, entró de nuevo en Catalunya acompañando o formando parte de las tropas franquistas, recuperó sus empresas,[38] participó de manera entusiasta en la construcción del Estado Nuevo fascista y en la represión y el encuadramiento de la derrotada clase obrera y el resto de sectores populares.[39] Pese a esta actitud servil y cómplice con el fascismo, durante los primeros años de la dictadura la burguesía industrial catalana no consiguió influir en las políticas económicas del estado franquista. Solo a finales de los años 1950’s, determinadas fracciones de la burguesía catalana empezaron a influir en las políticas industriales del régimen y empezaron a tratar de prever la futura transición política. Las figuras del ministro franquista y del Opus Dei Laureano López Rodó o del economista Fabián Estapé fueron algo más que una anécdota.
Algunas fracciones de la burguesía catalana participaron de las propuestas de crear una “Junta de Rabadanes” hechas por Jaume Vicens Vives.[40] Trataban de avanzar en su reconfiguración política y cultural como clase desde el interior y también en los márgenes del régimen. Instituciones como el Círculo de Economía o figuras como Joaquin Ferrer Salat y Jordi Pujol desarrollaron un rol esencial en este intento de reconstituir social y políticamente la fracción territorial catalana de la burguesía española, en los márgenes del régimen.[41] Se trataba, por un lado de articular la influencia de los intereses “catalanes” en “Madrid” (es decir, en el gobierno del régimen) y de la otra, preparar la necesaria transición des del franquismo a una nueva forma de dominación de carácter liberal-representativo como es el actual régimen.
En Catalunya, la resistencia antifascista estuvo protagonizada por la clase obrera y por sectores populares del catalanismo democrático. El PSUC trató a lo largo de los años 1940, 1950 y 1960 de unir a la oposición antifranquista adoptando una justa política en el aspecto nacional y de clase.[42] A partir de 1960, esta política tuvo como base el folleto El problema nacional català, ( Primera part. Antecedents històrics. Segona part. El moviment nacional sota la direcció de la burgesia (1898-1936). Redactado por Pere Ardiaca fue, después de un amplio proceso de discusión colectiva adoptado por el partido de los comunistas catalanes, el PSUC, como marco de referencia interpretativo de la historia nacional catalana.[43]
Con el llamado “desarrollismo” de los años sesenta del siglo XX, se produjo una industrialización en el conjunto del norte y del centro de España. Catalunya participó de este desarrollo y seguía siendo la “fábrica de España”, pero ya no exclusivamente. La región de Madrid, Valencia o Sevilla conocieron una industrialización acelerada que modificó tanto las proporciones de la participación de cada región en el PIB como la propia constitución de clase de cada uno de los territorios de España. Fracciones de la burguesía de otras zonas se unían a la burguesía industrial, capas crecientes de trabajadores del campo emigraban a las ciudades y se incorporaban a la clase obrera industrial en las grandes áreas metropolitanas.
En el caso de Catalunya la industrialización de los años cincuenta y sesenta produjo un cambio radical en la demografía. La población creció de 2 millones y medio a finales de 1950 hasta 6 millones en el año 1980. Este cambio demográfico era producto de la inmigración masiva de trabajadores procedentes de otras partes de España. Trabajadores que, naturalmente, no hablaban en catalán ni se sentían, inicialmente, catalanes. Este fenómeno produjo cambios muy importantes en la cuestión nacional. El riesgo de la división de los habitantes de Catalunya entre trabajadores de origen y trabajadores catalanes de adopción era, en estos años, un peligro latente. Esta emigración masiva se producía en un contexto político franquista donde la lengua y la cultura catalana eran semi-clandestinas. Los hijos de esta emigración no podían acceder al catalán a través de la escuela. No había medios de comunicación masivos en catalán. Tampoco facilitaba la mezcla y el mestizaje entre  los viejos y nuevos catalanes la concentración de esta nueva población en los extrarradios, en los barrios de barracas o en barrios de nueva construcción, o que pasaran largas jornadas de trabajo en fábricas monolingües en castellano.
No faltaron aquellos (en el nacionalismo andaluz y  también en sectores de la extrema izquierda) que trataron de explotar este filón. Pretendían transformar contradicciones internas entre diversas facciones y sectores de la clase obrera en una lucha de clases entre burgueses y obreros. Como si todos los catalanes de nacimiento formasen parte de la burguesía y todos los inmigrantes fueran proletarios. Se trataba de una posición corporativa demagógica y no orgánica. Mucho más orgánica y funcional a las necesidades reales de la clase obrera fue la justa política comunista (del PSUC) y del sindicato clandestino Comisiones Obreras de considerar ciudadano de Catalunya todo quien vive y trabaja en Catalunya, de luchar por la unidad de la clase obrera y del pueblo, al tiempo que se construía una justa política que vinculaba la lucha social con la lucha nacional. Estos dos ejes estratégicos fueron esenciales para evitar la ruptura de la habitantes de Catalunya en dos comunidades nacionales. Permitieron al PSUC disputar la hegemonía a las fuerzas del nacionalismo conservador. Una disputa de la hegemonía que no habría sido posible sin su política de unir a los trabajadores, unir al pueblo y unir a las izquierdas. Esta política tuvo un denominador común que se resumía en la consigna de la oposición antifranquista: “Llibertat, amnistia, estatut d'autonomia”. Observemos que en aquellos años, el objetivo de las fuerzas democráticas catalanas no era tanto conseguir la autodeterminación sino la recuperación del estatuto de Autonomía aprobado en el año 1932 durante la segunda República española.[44]
Esta política consiguió que en las elecciones de junio de 1977 la izquierda (socialistas y comunistas) fuera mayoritaria en Catalunya. A diferencia del resto de España. Un peligro para los intereses conservadores en aquel contexto geo-político donde predominaba el llamado factor K. El 11 de septiembre de aquel mismo año 1977 un millón de personas se manifestaron en Barcelona bajo el grito de “Somos una nación” y reclamando el Estatuto de Autonomía. Era un tiempo en que lo social no estaba reñido con lo nacional.
La derecha nacionalista catalana y el gobierno central integrado por el partido heredero del franquismo, tuvieron que maniobrar para dividir la izquierda, para disputar la hegemonía y para derrotar a la izquierda en las primeras elecciones autonómicas. El nacionalismo conservador obtuvo una mayoría electoral que duró 23 años.

La tercera revolución pasiva, el régimen del 78 y el derecho de autodeterminación

En los años 60 y 70 del siglo XX, la fuerza y la radicalidad del movimiento obrero y democrático no fueron suficientes para conseguir la ruptura democrática con el franquismo y con ella el avance hacia transformaciones democráticas y sociales profundas, también en la cuestión nacional. Nos encontramos ante la tercera revolución pasiva de la historia de España, que dio lugar a los acuerdos de la Constitución de 1978 y de aquello que ahora en España se llama el régimen del 78. Un régimen que ahora cumple 40 años.
La Constitución del 78 no reconoce el carácter plurinacional del Estado Español y, mucho menos el derecho de autodeterminación. El artículo 2 reitera dos veces el concepto de indisolubilidad: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce y garantiza el derecho de autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Su redactado fue condicionado por la intervención de uno de los aparatos del estado profundo: las fuerzas armadas y a través de ellas, de  la corona.[45]
No se ofreció al pueblo catalán ni al resto de los pueblos de España, la posibilidad de votar sobre el carácter republicano o monárquico del nuevo régimen. El dilema no era “democracia o dictadura”, como engañosamente se hizo creer al pueblo. Lo que se ofreció al pueblo era: monarquía o monarquía. Indisolubilidad e indivisibilidad o nada. Es decir, negación del derecho de autodeterminación.[46]
En diversos artículos de la Constitución los derechos sociales son simplemente declarados y incumplidos cada día que pasa. En cambio, la propiedad privada, la monarquía y la indivisibilidad de la patria se cumplen a rajatabla. Estos son los rasgos fundamentales y reales del régimen. En el trasfondo de aquello que los nacionalistas españoles llaman “estado de derecho” hay algo duro, intransigente, irreformable: el estado profundo, el estado que perdura más allá de las coyunturas electorales y de los gobiernos de turno. El estado entendido como esqueleto estructurador de un país, como un entramado de leyes, como una cultura en la administración de las cosas, como una escuela que conforma una determinada ideología nacionalista de estado.
El estado español actual (como cualquier estado) es un ethos, es una determinada cultura nacional que se impone sobre territorios que no pertenecen ni se identifican con esta cultura. Pero en el seno de este estado entendido de forma integral, existe un núcleo duro: la alta administración del estado, el aparato judicial y represivo y, en última instancia, el ejército. Un estado profundo, real, un poder duro, hierático, que no tiene nada de líquido como sostienen algunos filósofos y sociólogos post-modernos. Un estado profundo, que en el caso español, que se ha modernizado en las formas y las técnicas de dominación, pero que permanece como garante de una larga continuidad de dominio incontestado. Y un estado que, cuando falla el consenso, saca a relucir su cara más dura: la coerción, el estado de excepción permanente y no declarado, la violenta indisimulada. Como en el pasado día de 1 de octubre de 2017. Las bases tanto productivas como culturales del régimen, no lo olvidemos, quedan remachadas con el ingreso a la comunidad europea el año 1985 sin un debate transparente sobre las condiciones lesivas del Tratado de Adhesión. También con el ingreso en la OTAN el año 1982, confirmando el referéndum de 1986 después del volte face del PSOE. No obstante, y como complemento a la cuestión de la diferente apreciación sobre las cuestiones de la soberanía, hay que recordar que los catalanes votaron en el referéndum contra la entrada a la OTAN. Quizás algunos debieran recordar cosas como ésta.
En definitiva fue la tercera revolución pasiva en la historia de España. Y con ella, la tercera ocasión perdida para la creación de una nación española entendida como nación de naciones y de pueblos, como producto de la unión libre e igual de los pueblos que compartimos el territorio comprendido en el mapa del actual Reino de España. Quizás el nacionalismo español post-franquista haya conseguido crear una cierta identificación en determinados territorios y en una parte de sus habitantes en el actual Reino de España. Pero está claro que en Catalunya ha fracasado estrepitosamente en esta tarea. No ha conseguido crear la única nación política de ciudadanos identificada con el actual estado español. Queda por comprobar que un patriotismo español, democrático, popular, republicano y federal, basado en el derecho de autodeterminación y en la libre unión de los pueblos pueda construir en el futuro una patria común para todos. Por el momento no parece el caso. Quizás ésta sea la última oportunidad que tiene este patriotismo republicano y federal español. Una oportunidad que se le está escapando como la arena se escapa entre los dedos de la mano.

La actual crisis del régimen del 78

El régimen del 78 ha tenido una larga vida. La crisis actual del régimen, que empezó sobre el año 2010 con una rebelión multiforme y molecular contra las medidas austeritarias del gobierno del PSOE,[47] que siguió con el ciclo de movimiento del 15M y las Marchas de la Dignidad y que, además,  puso en cuestión el encaje de Catalunya en el reino de España.
Se trata de una crisis de régimen grave. Pero no nos encontramos aún ante una crisis orgánica. Algunos, como Ciudadanos o el PSOE, pretenden conseguir la supervivencia del régimen en base a lampedusianos retoques de detalle. Son los que pretenden que esta crisis sea resuelta a través de una cuarta revolución pasiva. Por mi parte, quiero creer que aún es pronto para decretar el final de esta partida. Las fuerzas del cambio aún tienen espacio político y social para tratar de avanzar hacia la ruptura del régimen. Pero para hacerlo posible hace falta un análisis claro, una estrategia y una política justa.
La característica principal del régimen del 78 fue la pérdida total de soberanía política, económica y militar. De una parte, la subordinación de España a los designios de la división internacional del trabajo interna de la Unión Europea o, lo que es lo mismo, a aquello que los geopolíticos alemanes de los años veinte y treinta del siglo XX denominaron economía del gran espacio (Großraumwirtschaft) o, con una visión más europea, “comunidad de espacios vitales” (Lebensraumgemeinschaft).[48] Esta subordinación, casi neo-colonial ha significado grandes cambios en las estructuras económicas que articulan el bloque histórico español: desindustrialización, especialización en sectores que atacan el equilibrio territorial y el medio ambiente y propicios a la corrupción sistémica, como son la construcción y el turismo, la destrucción de los derechos sociales y laborales (40 reformas laborales des de 1980); ha significado una insoportable tasa de paro estructural que, en los momentos máximos ha llegado hasta al 26% (2013); ha significado que, des del ingreso en la UE, el paro haya estado por debajo del 10% (actualmente es del 19%);[49] ha significado el paso de un estado no endeudado a un estado con una deuda impagable (100% del PIB).[50] A parte, ha significado la proliferación de actividades económicas clientelares hechas a la sombra de los presupuestos públicos.
Hoy, el reino de España y dentro de él, la comunidad autónoma de Catalunya, es un estado que no tiene ninguna soberanía sobre las cuestiones clave de su economía o de su defensa. En los 33 años que llevamos dentro de la UE, el desarrollo desigual ha continuado operando estimulando aún más las diferencias entre territorios. Con este desarrollo desigual se han acentuado los corporativismos de las clases políticas regionales. Unas clases políticas regionales que estimulan movimientos reaccionarios y corporativos en la lucha por el reparto de las migajas de unos presupuestos del Estado intervenidos y recortados des de la UE. Todas no sólo la clase política catalana, sino todas. El movimiento obrero, cuando existe, se suele colocar como fuerza de apoyo de la respectiva burguesía local o regional en la disputa por el reparto de las decrecientes partidas sociales del presupuesto público.
La crisis financiera de 2008 operó sobre esta base productiva y sobre estas culturas políticas. Las políticas austeritarias impuestas por la troika, afectaron gravemente a las clases obreras y populares: recortes, privatizaciones, más reforma laboral, en fin, nada que el lector no sepa. En Catalunya, los abanderados de estas reformas ultra-liberales fueron los gobiernos de Artur Mas y de la tradicional coalición que ha representado a la burguesía catalana durante todo el régimen del 78.
Como epifenómeno de esta ubicación neo-colonial de España, desde la transición hasta hoy, la clase política se dedicó a una corrupción sin límites. En el conjunto de España, la corrupción de la banda criminal del PP, la corrupción del PSOE, la de los sindicatos del régimen y la de una pequeña parte de IU de la región de Madrid. En Catalunya, la corrupción galopante de Convergencia Democrática y la de Unió Democrática, con extensiones en algunos de los alcaldes del PSC. El conjunto de la corrupción llegó y llega en el Reino de España a cimas abismales. No estamos  ante un fenómeno individual, coyuntural o esporádico: es un rasgo estructural del régimen. No es algo que provenga de la maldad intrínseca de la clase política (aunque “haberla, hayla”) si no de la estructura económica que he resumido más arriba. Acabar con la corrupción necesita algo más que una solución regeneracionista; hacen falta cambios radicales que no pueden provenir del régimen ni de sus gestores. Los causantes del problema no pueden ser parte de su solución.
La población reaccionó ante la crisis financiera con la creación desde abajo de movimientos como la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), el movimiento 15 de Mayo (15M), y las Marchas de la Dignidad. Grandes movimientos de masas en toda España y también en Catalunya contestaron entre los años 2010 y 2012 todo este panorama y abrieron brechas en el muro del régimen. El año 2014, la aparición de Podemos y su posterior alianza electoral con Izquierda Unida ampliaron la brecha en el frente institucional, consiguiendo cinco millones de votos y la cifra más alta de diputados conseguidos nunca en España por la izquierda que se sitúa a la izquierda del PSOE. Pero esto fue todo: se mandó a la gente de vuelta a casa, se confió todo el trabajo a las instituciones, se priorizó la representación sobre la democracia. Digamos, en honor a la verdad, que si los movimientos hubieran sido más potentes y articulados, con toda seguridad el designio de algunas direcciones de mandar a la gente a casa no habría triunfado.
Por el momento, la crisis del régimen, aunque es profunda, no llega a constituir una crisis orgánica. El peligro de la cooptación de la nueva izquierda, sin haberse realizado del todo, es un peligro latente pero aun no real. Los primeros indicios de transformismo, el síndrome de Syriza están aquí. El programa de Unidos Podemos sobre la deuda pública es una muestra clara de que esta fuerza se mueve, aun, en los límites del syrizismo.[51] El riesgo de hallarnos ante una cuarta revolución pasiva que configure un nuevo régimen lampedusiano que dure otros cuarenta años está ante nosotros. Evitar este peligro es nuestro asunto, nuestra labor.
En el conjunto de esta crisis, una de las únicas piezas fuera de control es la cuestión catalana.

La burguesía catalana a favor de un recambio del régimen del 78 y en contra del independentismo

Me parece haber mostrado de manera irrefutable que la burguesía catalana ( entendida la clase burguesa como un bloque complejo en proceso constante de recomposición) fue siempre una clase española, o mejor una de las fracciones de clase de las que se compone lo que podemos llamar burguesía española.
El crecimiento del movimiento independentista en Catalunya ha llevado a algunos anquilosados “marxistas” dogmáticos a caracterizar ese movimiento como un movimiento burgués. Estos “análisis” no pueden estar más alejados de la realidad. Algunos datos lo demuestran:
1.- Las organizaciones económico-corporativas burguesas, es decir las organizaciones patronales van desde la gran empresa catalana (Foment del Treball Nacional)[52], o la Cámara Oficial de Contratistes d’ Obres de Catalunya,[53] hasta las organizaciones de la pequeña y mediana empresa, a los gremios y colegios profesionales. Es un bloque complejo de grupos sociales y fracciones de clases que no está exento de contradicciones internas y de confrontaciones en función de intereses materiales contrapuestos. Sin embargo, por múltiples razones que no se pueden exponer aquí, la gran patronal ejerce una clara hegemonía en este bloque. Su actitud ante el régimen de 1978, ante el reino de España ha sido de participación activa y entusiasta en el mismo. En ningún momento la burguesía catalana se ha mostrado ni antiespañola, ni favorable a la independencia. De un lado, Fomento de Trabajo Nacional (FNT) ha seguido su tradición anterior a la guerra civil y al franquismo: para ella nación es la española, ahí está su mercado y ahí está el estado que defiende sus intereses de clase. Esta patronal catalana ha sido un puntal de las organizaciones de la gran patronal española. Mencionar solo de pasada el rol desarrollado por Carlos Ferrer Salat en la formación de la gran patronal española la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) durante la formación del régimen de 1978. Este rol fundador y central de la gran patronal catalana en el seno de la patronal Española, ha sido y es una característica del mismo sin la cual no se comprende nada de sus comportamientos políticos. En la actualidad, la presidencia de la CEOE está ocupada por un catalán procedente del FNT y es imposible pensar en componer una dirección en la patronal española sin contar con la patronal catalana. Ello no quiere decir que no hayan contradicciones entre las diversas fracciones territoriales de la burguesía. La inmensa mayoría de las organizaciones económico-corporativas de la burguesía catalana han expresado su rechazo a la independencia, como se puede leer en los comunicados que publica la prensa o sus páginas web. La burguesía catalana es burguesía española.
2.- Las instituciones sociopolíticas de la burguesía. Los lugares de socialización, de ocio, de debate y de formación de opinión y de conciencia de clase de la burguesía catalana son variados: el Círculo Ecuestre,[54] el Cercle d’Economia,[55] el Cercle del Liceu,[56] el Patronat de la Fundació Orfeó Català-Palau de la Música Catalana,[57] entre otras. Todos ellos se han mostrado casi de manera unánime en contra de la independencia y, la mayoría en contra del llamado procés. Cosa que no debiera sorprender a nadie: como se ha visto, desde el siglo XVIII esa ha sido su pauta de comportamiento, es su ADN. La burguesía catalana es, como clase, un parte, una fracción de la burguesía española.
3.- La burguesía financiera. Durante los siglos XVIII, XIX y gran parte del XX, el rol preponderante, motor de la industrialización y modernización de la burguesía catalana, tenía tradicionalmente, un punto débil. Era la debilidad del sector financiero catalán. Este factor la debilitaba en sus enfrentamientos con otras fracciones burguesas españolas. Desde los años 60 y 70 del siglo XX, el regionalismo político de Jordi Pujol consideró ese déficit, como un talón de Aquiles, como una debilidad estructural y trabajó para darle solución con la creación de Banca Catalana. La bancarrota de ese banco significó una derrota personal de Pujol pero también de su fracción de clase. Para suplir este déficit dos gigantes financieros tanto en la esfera española como en la internacional tienen su origen en Catalunya: Caixabank y el Banco de Sabadell. Los directivos de ambos bancos no sólo se han mostrado radicalmente contrarios a la independencia y a su simulacro, el procés, si no que durante la crisis del pasado mes octubre de 2017, han desplazado su sede fuera de Catalunya y han roto radicalmente sus relaciones con el partido heredero de la antigua CiU para pasar a  apoyar al partido neoliberal y neo-autoritario Ciudadanos.
4.- La recomposición de la representación política de la burguesía en Catalunya. Tras el descubrimiento de que la familia del patriarca del nacionalismo burgués Jordi Pujol actuaba como una mafia corrupta, éste dejó de ser un referente moral y cultural para amplísimos sectores populares de Catalunya. Ello significó un duro golpe para la coalición que gobernó Catalunya durante 23 años. Al propio tiempo el empecinamiento de su sucesor Artur Mas, en la aplicación de las políticas austeritarias ordenadas por la troika acabaron por erosionar gravemente la hegemonía electoral de dicha coalición. Convergència consideró necesario sumarse al creciente descontento popular sumándose al movimiento independentista con el fin de recuperar la popularidad perdida. Hay que insistir en que ese movimiento tiene un carácter tacticista y fue posterior al crecimiento del movimiento popular independentista. Además su insistencia en cambiar el derecho de autodeterminación por el llamado “derecho a decidir” muestra que ese partido sigue siendo fiel a su tradición: usar la movilización popular para sus propios fines. En este caso, recuperar los votos perdidos aún a costa de perder durante un tiempo su rol de partido orgánica y representativo de la burguesía.
Entre 1978 y 2018 una actitud ha sido constante en el bloque económico, social y cultural burgués ubicado en Catalunya: la aceptación, la participación, la identificación con el régimen del 78. En la actualidad la burguesía catalana como clase en bloque rechaza no sólo la idea de la independencia, si no que considera que el llamado procés como un problema que crea inseguridad jurídica y económica, en muchos casos ha seguido la consigna de cambio de sede, ha abandonado en bloque a su vieja referencia política que era la coalición entre Convergència i Unió y ha apostado y financiado en el nuevo partido que representa mejor sus intereses, el partido del IBEX 35, Ciudadanos.
Hay que excluir de ese bloque a sectores minoritarios de la pequeña y mediana empresa, representados en la patronal CECOT.[58] Pero el ardor independentista de esta pequeña patronal no es muy grande y se limita al uso del procés como instrumento de presión y de negociación para conseguir las inversiones estatales, las infraestructuras que el estado central se niega a construir en Catalunya y una mejora de las balanzas fiscales. En ningún modo esta patronal de la pequeña y mediana empresa considera interesante abandonar el mercado español, hacia el que dirige una parte importante de sus productos.

El crecimiento del movimiento independentista

En las elecciones autonómicas de 27 de septiembre de 2015 el voto independentista alcanzó una de sus cimas más altas: la coalición Junts per Catalunya ( la antigua CiU más ERC) obtuvo el 39,5 % de los votos y la CUP[59] el 8,94 %. En total el 48, 44 % de los electores votaron por partidos que llevan la independencia en su programa. En las elecciones autonómicas de 2 de diciembre de 2017, estos resultados se sufrieron un ligero descenso en porcentaje:  47,6 % de voto independentista, los dos principales partidos independentistas no fueron en coalición ( Junts per Catalunya: 21,7 %;  ERC: 21,4 %). Por su parte, la CUP consiguió 4,5% de los votos.
Sin embargo estos elevados porcentajes de voto independentista no fueron la pauta de los años del régimen del 78.
Porcentajes de voto independentista en Catalunya 1977-1996


G 77
G 79
M 79
A 80
G 82
M 83
A 84
G 86
E 87
A88
M87
E 89
G 89
M 91
A 92
G 93
E 94
M 95
A 95
G 96
ERC
4,7
EC
4,2
3,8
8,6
4,0
2,9
4,4
2,6
EP 3,7
4,1
2,4
EP
 3,3
2,7
3,3
8,0
5,1
EP 5,5
6,2
9,5
4,2
ENE




0,9





0,8
0,6








Otros

1,6
BEAN
0,3 PSAN





1,3
HB


0,7 C ll
0,6 HB








Total
4.7
5,8
4,1
8,6
4,9
2,9
4,4
2,6
5
4,1
3,2
5,2
2,7
3,3
8,0
5,1
5,5
6,2
9,5
4,2
G: elecciones a las Cortes Española / M: elecciones Municipales / A: elecciones Autonómicas / E: elecciones Europeas
EC: ERC no legalizada aún, se presenta en coalición con el PTC  /  EP: ERC participa en la coalición Europa de los Pueblos (EP) en las elecciones europeas de 1987 y 1989 /  ENE: Entesa de Nacionalistes d’Esquerra / BEAN : Bloc d’Esquerra d’Alliberament Nacional / PSAN: Partit Socialista d’Alliberament Nacional / HB: Herri Batasuna / C.ll : Catalunya Lliure .

Es preciso aclarar que en 1991, ERC no era otra cosa que una versión B de la mayoritaria propuesta autonomista de Convergencia i Unió. Es decir, hasta ese año no se le podía considerar en puridad como un partido independentista aunque en su interior hubieran corrientes independentistas. Como se puede ver el voto independentista en este periodo es francamente minoritario, aunque vaya experimentando un lento crecimiento. Es preciso remarcar que es en las elecciones autonómicas donde experimenta registros más elevados de voto (entre 8 y 9,5 %) que contrastan con los porcentajes más bajos ( entre el 2’6 % y 5,8 %) en las elecciones al parlamento español. El independentismo era, en esos años una corriente minoritaria del pueblo catalán. En contraste, el nacionalismo autonomista y conservador de CiU, parte integrante del régimen, era una corriente mayoritaria.
Es preciso pues, preguntarse qué ha pasado para que una parte considerable del pueblo catalán se haya inclinado hacia el independentismo. El discurso del nacionalismo español ( incluido el de una parte de la izquierda española) da una explicación simplista: la manipulación propagandística desarrollada por los independentistas en los últimos habría engañado a dos millones de personas que se movilizan y votan por objetivos independentistas. Una explicación simplista y, en el caso de la izquierda nacionalista española, auto-engañosa.
Creo que el crecimiento del movimiento independentista catalán es un epifenómeno de la crisis grave pero no orgánica que sufre el régimen del 78. Hay que enmarcar este crecimiento en los cambios estructurales que la globalización de la economía y nuestra inserción neo-colonial en el marco de Europa alemana han producido en la división del trabajo y en los equilibrios territoriales en el conjunto de España. Las amplias masas se pueden equivocar pero no son masas de imbéciles manipulables.
La negociación imposible

Es momento de cerrar esta intervención. Haré un pequeño resumen de algunas de las cosas dichas:

- Históricamente, la burguesía catalana nunca ha tenido un proyecto independentista. Eso, si ha tenido una visión diferente respecto de otras fracciones de la burguesía española sobre la gobernación de España. La contraposición entre librecambismo y proteccionismo ha sido una de ellas.
- El bloque mayoritario de la gran burguesía catalana actual está abiertamente en contra no sólo de la independencia, sino también del simple derecho de autodeterminación.
- La vieja coalición entre Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) i Unió Democràtica de Catalunya ( UDC), ha dejado de ser funcional a la burguesía catalana. El Ibex 35 y los principales actores de la burguesía (Fomento de Trabajo, las Cámaras de Comercio, el Círculo de Economía ...) apoyan el principal partido neoliberal español (un partido tipo Macron) llamado Ciudadanos.
- Esto no cambia el carácter burgués del partido que ha surgido de la hundimiento de CiU, el PDCAT. Pero la lucha por la recomposición de la representación política de la burguesía en Catalunya prosigue. Se trata de una lucha a muerte entre Ciudadanos, PSC y PP de un lado y PDCAT y ERC por otro. Un análisis detallado de las fracciones de clase que apoyan a cada partido y de la dinámica de los cambios esta representación está aún por hacer. Pero está claro que la fracción correspondiente a la gran burguesía ( la gran banca, las grandes empresas industriales y del sector agro-industrial) apoyan claramente a Ciudadanos.
- Existe un movimiento popular independentista (de composición compleja y abigarrada) cuya confrontación creciente con el régimen del 78 ha llegado mucho más lejos de lo que el propio movimiento nunca hubiera imaginado. Un movimiento que ha ido perdiendo muchas de sus ilusiones por el camino: la ilusión en la posibilidad de conseguir un régimen fiscal similar al régimen foral vasco; la ilusión en un rol arbitral del rey; la ilusión en el apoyo de la UE o, al menos en un rol arbitral por parte de ésta, en el conflicto. Es un movimiento con un nivel elevadísimo de auto-organización, basada en un sólido entramado social de entidades de carácter cultural, recreativo y deportivo, así como algunos sindicatos y las organizaciones de base de diversos partidos. Es un movimiento capaz de movilizar a un 70 % de los alcaldes y concejales de los municipios de Catalunya.
- Existe una competencia entre las entidades que en los últimos seis años han protagonizado las inmensas y pacíficas movilizaciones independentistas ( Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural) con unas organizaciones más radicales que han surgido en torno al referéndum del pasado 1 de Octubre de  2017, con el objetivo de organizar y asegurar la celebración del referéndum y de defender la República catalana que fue proclamada ( sólo retóricamente) el 27 de octubre de 2017. Estas organizaciones han recibido el nombre de Comités de Defensa de la República (CDR) y tienen un funcionamiento asambleario. Su composición plural se nutre de los sectores más comprometidos del movimiento popular independentista y, por el momento tienen una composición plural. En su haber tienen las movilizaciones populares de los días 3 y 10 de octubre de 2017, movilizaciones populares que aspiraban a la categoría de huelga general. En una escalada de ensañamiento procesal por parte de aparato judicial, los CDR han sido acusados, como organizaciones terroristas.
- Hay que resaltar que este movimiento popular aún no ha aceptado que la República catalana ha sido proclamada sólo retóricamente y que los dirigentes de PDCat y de ERC no tomaron ninguna medida concreta para implementarla. Esta contradicción entre unas direcciones tímidas y un movimiento activo y comprometido con el objetivo de la aún está por desarrollar y, en estos momentos no es posible pronosticar que resultados dará.
 - El crecimiento de este movimiento ha producido una reacción entre una parte de las clases populares en los barrios de la banlieu de Barcelona y de Tarragona en contra de la independencia que se ha expresado con el voto masivo a un partido creado y financiado por las empresas del IBEX 35, Ciudadanos. Un partido que, de llegar al gobierno en España o en Catalunya no dudará de continuar la política de recortes y privatizaciones que vulnerarán los intereses materiales de la mayoría de sus votantes.
- Las grandiosas movilizaciones feministas del pasado 8 de marzo, las movilizaciones de los pensionistas, el relanzamiento de la movilizaciones de las Marchas de la Dignidad, deberían tener la potencia y la capacidad de imponer una agenda social. Pero es dificil saber si tendran esa capacidad.


En conclusión

Si me preguntáis que pienso de todo esto, os diré unas pocas cosas. Considero que sólo el ejercicio del derecho de autodeterminación puede resolver políticamente la cuestión catalana. Pero no es probable: el régimen está asentado sobre la base de la negación de esta opción. La brutal represión sobre votantes pacíficos del 1 de octubre no fue un error coyuntural: es una pauta de comportamiento. El encarcelamiento de políticos independentistas, los procesamientos de alcaldes y de maestros, no son únicamente imputables a un aparato judicial “independiente”. Es el estado profundo, es el rey, son los aparatos represivos e ideológicos de la derecha nacionalista española, post-franquista y corrupta los que estan empeñados en vencer y humillar a los dos millones de catalanes que han decidido romper con el régimen.
- Por otra parte, la Unión Europea, era esperable, no permitirá un ejercicio de soberanía dentro de sus fronteras.
- La situación en que representantes de la voluntad popular están en prisión, sin condena firme y sólo para mantener su voluntad de actuar de acuerdo con su ideología no es una situación democrática ni que ayude a la solución de los problemas.
- Yo no olvido que en la cárcel hay muchos más presos de varios movimientos sociales. Incluidos ocho de los jóvenes condenados a tres años de cárcel que rodearon el Parlamento catalan los días 14 y 15 de junio de 2011 cuando Artur Mas y su partido aplicaban salvajes recortes sociales. Unos Presos que las campañas por la libertad de los presos de ERC y del PDCAT suelen olvidar olímpicamente.
Por otra parte, considero que si España se quiere salvar como proyecto común de todos los pueblos que viven en el interior de las fronteras del actual Reino de España, debería cumplir varias tareas que considero improbables en el corto plazo:

a.- en primer lugar, recuperar su soberanía secuestrada por la UE y por la OTAN. Sin recuperar la soberanía económica y militar la soberanía de España es, simplemente inexistente.

b.- en segundo lugar debería reconocer realmente su carácter plurinacional y plurilingüístico. O España reconoce ser una nación política de ciudadanos compuesta por diversos pueblos y naciones libres e iguales o no será.

c.- en tercer lugar debería proceder a un nuevo pacto entre diversos pueblos soberanos en base a un proceso constituyente y al ejercicio del derecho de autodeterminación por parte de aquellos pueblos que lo soliciten. España será una unión libre de repúblicas iguales o no será nunca un estado-nación.

He empezado este intervención diciendo que como comunista catalán estoy orgulloso de la España republicana, democrática, federal y popular. Siento que su herencia cultural y política es la mía. No veo ninguna contradicción entre sentirme a la vez catalán y español de esta España plurinacional. Pero no me siento español de la España que mantiene los muertos en las cunetas, en la España que considera como tradición propia el himno fascista "El novio de la muerte"; de la España que reprime la gente que pacíficamente va a votar; de la España que grita "a por ellos" despidiendo unos destacamentos policiales que va a reprimir salvajemente a los catalanes; de la España que impone una unidad por la fuerza. Este España me excluye.

Desearía que España siguiera siendo un proyecto común de los diversos pueblos que forman parte de ella, incluido mi pueblo, el catalán. Pero para que España fuera este proyecto sería necesario que la España republicana rompiera decididamente con el régimen del 78, con el reino de España, con la monarquía borbónica y corrupta, con la España monolingüe y mono-nacional, con el proyecto re-centralitzador que pretende defender un Estado que, dentro de la UE y la OTAN ha perdido totalmente su soberanía económica, política y militar. Si la España republicana y democrática no rompe con el reino de España y se mantiene como leal oposición de su Majestad, puedo deciros que Cataluña marchará definitivamente.

Desgraciadamente no veo, en la España actual fuerzas que empujen en esta dirección. No parece que hoy se pueda ofrecer al movimiento popular independentista una perspectiva de unión libre y igualitaria, una federación de pueblos entendida no como una descentralización sino como un reparto solidario y fraternal de soberanías.

Si un movimiento masivo en este sentido no aparece en un tiempo relativamente corto, hay que saber que el movimiento popular independentista catalán no sólo se consolidará, sino que se extenderá y que acabará siendo el elemento central de la política catalana durante décadas. Y de la española, naturalmente.



[1]En realidad M. D'Azeglio dijo: “la primera necesidad de Italia es que se formen italianos que sepan cumplir su deber; es decir, que se formen caracteres elevados y fuertes”, in I mei ricordi, a cargo de S. Spallenzon, Rizzoli, Milano, 1956, p. 17. Fue Leone Carpi quien transformó esta frase en el eslogan que usamos aquí. Todo ello citado por Alberto Mario Banti, Il Risorgimento italiano, Roma-Bari, Editori Laterza, 2018, p.222. Emilio Gentile explica bien el sentido de lo dicho por d'Azeglio en: Né estato, né Nazione, Italiani senza meta, Roma-Bari, Editori Laterza, 2013, pp. 26-28. En cambio, Aldo de Jaco, cita el eslogan dándolo por bueno en: Gli anarchici, Cronaca inedita dell'Unità d'Italia, Roma, Editori Riuniti, 2006, p. XV.
[3]  He desarrollado esta cuestión en un reciente texto titulado: Los bolcheviques y la deconstrucción del imperio zarista (Esbozo), incluido en el libro  AAVV, La revolución rusa de 1917 y el estado. Del Consejo de Comisarios del Pueblo a la NEP (1917-1921), Barcelona, El Viejo Topo, 2018. De próxima aparición.
[4] Maximilien Robespierre: Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano propuesta por Maximilien Robespierre, impresa por la convención nacional, 24 de abril de 1793, artículo XXXVI, en Por la felicidad y por la libertad. Discursos, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, traducción al castellano de Joan Tafalla, p. 202.
[5] Karl Marx, Extracto de una comunicación confidencial, 28 de marzo de 1870. In: Obras Escogidas de Marx y Engels, 1976, Tomo II, pág. 187.
[6] Karl Marx, El consejo general de la AIT a los miembros de la sección rusa en Ginebra, 24 de marzo de 1870. Obras escogidas de Marx y Engels, en tres tomos, Moscú, Editorial Progreso, 1976. Tomo II, pág. 182.
[7]Por ejemplo Marx, en La guerra civil en Francia (1871) Obras escogidas de Marx y Engels, Tomo 2, páginas 214 a 259, OEME 1976; o V.I. Lenin en El Estado y la revolución (1917), OC, tomo 33, o en Contribución al problema de la naciones o sobre la “autonomización”, (1922), OC, tomo 45, Editorial Progreso, 1987.
[8]Engels corrigió esta frase en la edición de 1888: “en clase dirigente de la nación”.
[9] Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista en OME, Tomo 9, Ed. Critica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona, 1978, pág. 154.
[10] Pierre Vilar, Sobre els fonaments de les estructures nacionals, en Estat, nació, socialisme, Barcelona, Curial, 1981.
[11] Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista, loc.cit.
[12]Pierre Vilar, La Catalogne dans l’Espagne moderne. Recherches sur les fondements économiques des structures nationales, Paris, SEVPEN, Bibliothèque Générale de l’École Pratique des Hautes Études, 1962. Primera edición en catalán: Catalunya dins l’Espanya Moderna,  cuatro volúmenes, Barcelona, Edicions 62, noviembre de 1964.
[13]Otra de la fuentes de aquella política fue el folleto: El problema nacional català, ( Primera part. Antecedents històrics. Segona part. El moviment nacional sota la direcció de la burgesia (1898-1936). Redactado por Pere Ardiaca fue, después de un proceso de discusión colectiva adoptado por el PSUC, como marco interpretativo de la historia nacional catalana. El PCC, partido nacido el año 1982 como reacción crítica a la política eurocomunista durante la transición, lo volvió a re-editar durante los años 80 y lo usó como documento de referencia y formación. Quien haya leído ese folleto encontrará algunas trazas en estas notas.
[14]He usado en estas notas su Introducción a la monumental obra colectiva: AAVV, Història de Catalunya, ocho volúmenes, dirigida per Pierre Vilar, Barcelona, edidions 62, 1987, primer volum, pp. 9-69.
[15] Josep Fontana, La formació d’una identitat. Una història de Catalunya, Vic, Eumo editorial, 2014.
[16] Por ejemplo: de Henry Kamen, J. H. Elliot, Jordi Nadal, Miquel Izard, Enric Lluch, Lluís Roura, Joan-Lluís Marfany, Temma Kaplan, Andrew Dowling, Jorge Cagiao i Guillem Martínez.
[17] Pierre Vilar, Introducció a la història de Catalunya, Barcelona, edicions 62, p. 24.
[18] Imagino que ante un público francés no hace falta recordar todo el debate que se esconde tras la expresión “fronteras naturales”.
[19] J.H. Elliot, La revolta catalana 1598-1640, Barcelona, Vicens-Vives, 1989. Primera edición en catalán 1966.
[20] Lluís Roura i Aulinas, Subjecció i revolta en el segle de la Nova Planta, Vic, Eumo editorial, 2005.
[21] Citado por Josep Fontana. La formació d'una identitat: Una història de Catalunya (Referències) (Catalan Edition) (Kindle Locations 3933-3935). Eumo Editorial. Kindle Edition.
[22] Conocida en Catalunya también como Guerra Gran.
[23] Emili Vigo, La política catalana del Gran Comitè de Salut Publica, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1956. Sobre la llamada (en Catalunya) Guerra Gran, ver Lluís Roura i Aulinas, Guerra gran a la ratlla de França, dins la guerra contra la revolució francesa (1793-1795), Barcelona, Curial, 1993. Lluís Roura, Une ‘république catalane’ au temps de la révolution ?Annales Historiques De La Révolution Française, no. 296, 1994, pp. 257–265.
[24] Conocida en Catalunya, como Guerra del Francés.
[25] Alberto Maria Banti, Il Risorgimento italiano, ob.cit., pp. 3-35.
[26] Pierre Vilar, citado por Lázaro, Josep Fontana. La formación de una identidad: Una història de Catalunya (Referències) (Catalan Edition) (Kindle Locations 4037-4039). Eumo Editorial. Kindle Edition.
[27] Habiéndose proclamado la Constitución el 19 de marzo de 1812, en la festividad de San José, el pueblo pasó a denominar la constitución con el nombre de Pepa. Pepe es el apelativo cariñoso con que se conoce en España a las personas de nombre José.
[28] Jordi Nadal, El fracaso de la Revolución industrial en España, 1814-1913, Barcelona, Ariel, 1975.
[29] Jordi Maluquer, Catalunya la fàbrica d' Espanya 1833-1936, Edicions de l’Ajuntament de Barcelona, 1985.
[30] Anatoli Ado, Paysans en révolution. Terre, pouvoir et jacquerie, 1789-1794, Préface de Michel Vovelle, Paris, Société des Études Robespierristes, 1996. Primera edición rusa, 1971.
[31] Construidos ambas fortificaciones en tras la conquista de Barcelona por las tropas francesas y castellanas con el fin de controlar la ciudad.
[32] Explicando el primer intento de derribar la Ciudadela, que fue reprimido por un brutal bombardeo de la ciudad, Josep Fontana explica lo siguiente: “Defendiendo su participación en el intento derribar la Ciudadela, los miembros de un batallón de la milicia nacional, formado esencialmente por menestrales, lo justificaban por su derecho a recuperar unos terrenos que les habían sido arrebatados «por la fuerza y capricho de un tirano» y remarcaban que lo habían hecho «porque somos libres, porque somos catalanes”. Lázaro, Josep Fontana. La formació d'una identitat: Una història de Catalunya, ob.cit. (Kindle Locations 4231-4234). Yo veo en expresiones como ésta, un fenómeno similar a los examinados por E.P. Thompson en el capítulo 4 de su obra La formación de la clase obrera en Inglaterra, titulado El inglés libre por nacimiento, Barcelona, Editorial crítica, 1989, prólogo de Josep Fontana, tomo 1, pp. 71- 98.
[33] Joan Lluís Marfany, Llengua, nació i diglòssia, Barcelona, L’Avenç, 2008.
[34]“Si la vieja política de moderados y progresistas se había hecho en castellano - Víctor Balaguer se dirigía en castellano a las masas barcelonesas en los días de la revolución de 1868- la nueva política del catalanismo debería de hacerse en la lengua de las capas populares que se querían movilizar. Para que eso fuera posible hacía falta que se hubiera producido previamente la recuperación de una lengua que la burguesía había abandonado”. Josep Fontana. La formació d'una identitat: Una història de Catalunya, ob.cit. (Kindle Locations 4533-4536).
[35]Sobre la política nacional del PSUC en aquellos años, se puede leer a Manuel López Esteve, El PSUC i la lluita per l'alliberament nacional (1936-1939), in AAVV Les mans del PSUC. Militància, a cura de Josep Puigsech i de Giaime Pala, Barcelona, Documents del memorial democràtic, nº 7, 2017, pp. 42-62.
[36] Solo hay que recordar la cuestión de la Ley de contratos de Conreo, y la actitud diametralmente opuesta entre el instituto Catalan de Sant Isidre y los rabasaires. A veces, la lucha de clases adopta formas y discursos que el paradigma obrerista kautskyà no llegará a comprender nunca.
[37] Se hace realmente penoso leer los intentos hechos por algunos intelectuales para disminuir la represión lingüística y cultural del franquismo. Véase: Eduardo Mendoza, Qué está pasando en Catalunya, Barcelona, Seix Barral, noviembre 2017. La falta de empatía de Mendoza hacia los catalano-parlantes me ha provocado un malestar considerable.
[38] Que habían estado en manos de la clases obrera.
[39] He hecho un estudio de caso sobre esta cuestión en: Joan Tafalla, "La potencia creadora de la nación": depuració, enquadrament, control i disciplina de la força de treball en una fàbrica tèxtil llanera de Sabadell (1939-1947)”, Sabadell, revista Arrahona, 2005: Núm.: 29 , 4a època.
[40]Ver mi trabajo La geopolítica i el projecte de país de Jaume Vicens Vives, (1993), inèdit.
[41]Aunque no toda esta fracción burguesa actuaba en contra del régimen.
[42] Nos desviaría de nuestro objetivo profundizar aquí sobre la obra y figura de Joan Comorera, primer secretario general del PSUC, expulsado en 1949 del partido, acusado de titista y de nacionalista. Hizo una muy buena aportación al debate sobre la cuestión nacional y sobre las relaciones entre Catalunya y España. Excelente biografía a cargo de Miquel Caminal: Joan Comorera i la revolució democràtica, 3 tomos, Barcelona, editorial Empúries, 1985. Se pueden leer algunos de sus escritos en: https://www.marxists.org/catala/comorera/index.htm
[43]El PCC, partido nacido como reacción a la política eurocomunista durante la transición, lo reeditó durante los años 80 y lo usó como documento de referencia y formación de sus militantes.
[44] Giaime Pala ha hecho una excelente descripción de la política nacional del PSUC en estos años en su ponencia presentada en el Tercer Congreso de la Historia del PSUC. La ponencia se titula: El PSUC davant la qüestió nacional (1949-1980), in AAVV, Les mans del PSUC. Militància, ob.cit., pp. 202-221.
[46] El rey abdicatario, Juan Carlos de Borbón y Borbón declaró los siguiente: "Días antes de morir, Franco me cogió la mano y me dijo: Alteza, la única cosa que os pido es que preservéis la unidad de España. No me dijo 'haz una cosa u otra', no: la unidad de España, lo demás... Si lo piensas, significa muchas cosas". Si, está claro que significa muchas cosas. http://www.elmundo.es/espana/2016/02/16/56c25d05e2704e8d458b4599.html

[47] Podemos recordar la carta de Mario Draghi y de Jean Claude Trichet a los gobiernos italiano y español de 4 de agosto de 2011. El gobierno español negó la existencia de dicha carta. Sin embargo, el ministro de economía italiano Giulio Tremonti confirmó que el gobierno español había recibido también la carta. Se puede leer el texto de la carta en Luciano Canfora, È l’Europa che ce lo chiede, Bari, Laterza, 2012, pp. 59-62. En español en el libro de dicho autor, La historia falsa y otros escritos, Madrid, Capitán Swing, 2013, pp. 49-51. La reforma del artículo 135 de la Constitución española ha sido narrado así con toda desvergüenza por José Luis Rodríguez Zapatero: “Fue en aquel momento una especie de iniciativa cautelar para no tener de verme en la tesitura de tomar otras medidas mucho más duras socialmente… entonces el escenario era llegar a las elecciones o a la campaña electoral como acabó Italia y Grecia, con Gobiernos técnicos, o tomar alguna iniciativa de calado que supusiera una imagen de fortaleza y de credibilidad”. Entrevista a El País, 24 de noviembre de 2013, http://politica.elpais.com/politica/2013/11/23/actualidad/1385241338_816422.html#sumario_3 . El día 27 de noviembre de 2013, José Luis Rodríguez Zapatero presentó en público sus memorias, incluyendo, según la prensa este documento que le fue pedido por activa y por pasiva por la opinión pública, casi dos años más tarde. http://www.eldiario.es/zonacritica/ZP-guardo-memorias_6_201289873.html
[49]Ver mi trabajo: ¿Queremos crear empleo? Salgamos del euro y de la UE, https://marxismocritico.com/2014/03/07/queremos-crear-empleo-salgamos-del-euro-y-de-la-ue-joan-tafalla/
[50]Sobre la deuda del estado español y sus consecuencias en las relaciones entre los pueblos de España, se puede leer mi trabajo: La servidumbre y la costumbre, http://www.espai-marx.net/ca?id=10180
[51] Hice un análisis crítico contundente de las inconcreciones del programa de Unidos Podemos sobre la deuda en: La servidumbre y la costumbre, ob.cit.
[52] Fundado en 17 Reconstituido en 1977 a iniciativa de Carlos Ferrer Salat, entre otros. http://www.foment.com
[53] Fundada el año 1912. Oligopolio que presume de controlar el 80% ( en volumen) de la contratación de obra pública de Catalunya.      http://www.ccoc.cat
[55] Fundado en 1958, bajo la influencia del historiador Jaume Vicens Vives y de su propuesta de crear una “junta de Rabadans”, que tuviera como objetivo la modernización de la economía y de la sociedad catalana. El Rabadan es una especie de mayoral de los pastores. Desde 1962 organiza una reunión anual donde reúne a la flor y nata de la economía y de la política española. El actual presidente es Juan José Bruguera, presidente de Colonial.   https://www.cercleeconomia.com
[56] Fundado en 1854. Comparte edificio con el gran teatro del Liceo. Presidente actual: Sr. Ignacio García-Nieto Portabella. Vemos anunciada en su pàgina web una conferencia del ex-conseller de Foment i de Cultura, Santiago Vila. https://www.circulodelliceo.es/es/historia.html
[59] CUP: Candidatures d’Unitat Popular, los independentistas de la izquierda radical.

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